El oficio de mirar
Sobre lo que hacemos los que escribimos cuando parece que no hacemos nada.
Dicen que escribir es un oficio de mesa y de silla, de codos y de paciencia. Y algo de eso hay. Pero yo sospecho que el verdadero trabajo ocurre antes, lejos del cuaderno: en la cola de la frutería, en la sobremesa que se alarga, en el autobús que tarda. Escribir es, sobre todo, el oficio de mirar.
Mirar de verdad, digo. No ver, que eso lo hace cualquiera con los ojos abiertos. Mirar es fijarse en la señora que dobla el pan dentro de la servilleta con una delicadeza de orfebre, y preguntarse para quién lo guarda. Es escuchar a dos desconocidos discutir en un banco y perderse la mitad de la conversación por estar imaginando la otra mitad. Es volver a casa con los bolsillos llenos de gestos ajenos.
Los que escribimos no inventamos casi nada: recogemos lo que el mundo va dejando caer, y le buscamos un sitio donde brille.
Por eso, cuando alguien me dice que no tiene nada que contar, no me lo creo. Lo que no tiene, todavía, es la costumbre de mirarse la vida despacio. Porque en cuanto una empieza, ya no puede parar: el mundo entero se convierte en un borrador que pide ser pasado a limpio.
Así que este rincón queda inaugurado con una promesa pequeña: traer aquí, de vez en cuando, lo que vaya encontrando por el camino. Un relato, un poema, una idea a medio cocer. Lo que la vida deje caer y a mí me dé tiempo a recoger.
Gracias por leerme. Carmen Leo



